Buscando a Berlanga

En una de esas etapas que te juega la vida al dejarte sin móvil (o séase incomunicado) me dispuse a ir a un festival de cine gratuito que daban los jueves, aunque no hubiese milagro. Recalco lo de “gratuito” para dejar testimonio de lo excesivamente costoso que son los cines españoles en esta década. Justo era el último día y el pase a las 19:00. El único dato que poseía en ese momento era que tenía que dirigirme hasta el metro Islas Filipinas y que, seguramente, en alguna de esas calles paralelas al metro se encontrase la famosa, pensaba en ese entonces, Sala Berlanga. Al bajar del metro ya me topé con mi primer inconveniente, y es que, con el ánimo de aventuras sin cabeza que siempre me persigue para paliar mi rutinaria existencia, se me olvidó apuntar la salida. Para mí que lo habría leído y por intuición me dirigí a la que más me sonaba. Fui a parar a la de Guzmán el Bueno. Ahora que lo pienso, creo que quería hallar en el nombre de aquella salida algún acto piadoso caído del cielo que señalase mi destino de forma premonitoria. Pensaba, no sé, que a la salida encontraría un rayo luminoso o a Dios con una cervecica en la mano alumbrándome el camino, pero no fue así. Como siempre no perdí las esperanzas. Ya en la calle solté: ¡vaya, otra vez!, otra vez sin tener ni puta idea de hacia dónde tirar. Había justo un púber bonachón, de tamaño natural, apoyado en la farola al que le pregunté si sabía dónde se encontraba la sala Berlanga; para mi sorpresa no lo sabía. Lo fuerte no es eso, lo fuerte es que pregunté a 7,5 personas (el coma 5 es porque era una señora con su bebé en brazos y el nene piensa, pero no cuenta como pensamiento entero) y nadie sabía dónde era. Incluso, hubo un grupo de chicas de mi edad, no tan viejas ni tan jóvenes, que me preguntaron que quién era Berlanaga… vamos todos a la carcél por tal pregunta, pensé, pero como siempre amargamente pasé. Como última opción entré a un estanco y chillé: por favor, alguien sabe dónde está la patatin-patatan… y dijo uno: sí, a dos calles o tres subiendo y a tu derecha. Ajá, dije yo, no debe de estar lejos. Así que con el ánimo cambiado subí rumbo a mi destino. Evité hacer más esfuerzo subiendo solo las dos calles porque ya era la hora del pase. Giré hacia la dirección que me indicaron. De nuevo, volver a preguntar por no saber dónde coño estaba. Pero de pronto aparecieron dos hombres como salidos de Bienvenido, Mister Marshall en la puerta de un bar, esto es otra señal, me dije. Ya desesperada les pregunté si conocían la dichosa sala y obtuve la tan preciada respuesta, pero no sin antes decirme uno de ellos: Niña, esa sala es de cine español, ¡cine hecho en España! ¡Patrimonio nacional!, sinceramente nunca sabré si era algo que les llenaba de orgullo o una advertencia. No tuve tiempo de solucionar mi duda con ellos porque me corría prisa, pues ya llegaba 15 minutos tarde. Fue ver la sala y casi caérseme las lágrimas. Entré al sitio correspondiente, todo a oscuras, me senté en la última fila… qué plácido todo, pensé, y vi cortos latinoamericanos.

Luis García Berlanga,
Luis García Berlanga, “tamaño natural”
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