Allí está aquella rosa despintada y desangrada como si fuese un arbusto en medio de un parque desahuciado. Su familia, un rosal, pide a gritos auxilio al sauce. El árbol, sabio, hace oídos sordos y se regocija de lo único que le queda: su auto destierro. El sauce sabe que tiene el valor suficiente para no empatizar con el resto, sintiéndose gratamente orgulloso de su intimidad. La rosa desangrada, ahora casi deshojada por los prejuiciosos matojos, es consciente de que se marchitará. Aquella flor hermosa que en su día fue espera a que llegue el momento culmen de la caída del último pétalo, mientras tanto, observa tranquila y con una pizca de envidia al sabio sauce ajeno de tanto dolor.

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Raíces, Frida Kahlo
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